Quién sabe como aprendió a disfrutar tanto mirando el cielo. Pasaría toda la vida tirada en el pasto [algo húmedo, por favor] mirando lo lejano de las nubes, que se escuche un poco de música dentro de ella para disfrutar más del viento, que tenga horas y horas para mirar y disfrutar de esas pequeñas cosas que pocos entienden, que tenga momentos llenos de ella, tal y como es.
Un día, no tan cualquiera [es que lo recuerda demasiado bien], aprendió a encontrar, en ese cielo que tanto le gusta, formas insignificantes. Las vio... ¿qué vio?: el esqueleto de un pez, un perro de frente y de perfil y quién sabe qué más [tal vez alguien lo recuerde] y se distraía y sentía que tenía algo nuevo que compartir, en realidad, había algo más que compartir con el resto.
Como suele suceder, pasó de un extremo a otro, poco y nada que tener, que decir a mucho, demasiado que decir y tener. ¿Culpable? no, no se siente, pero sí, siente que falta algo para terminar con aquel día, siente que falta una última forma para encontrar entre las nubes, siente que la esencia que ese día le dio a un tiempo de su vida algo tan importante como cuando supo todo lo que era, siente que si no hubiese estado muchas cosas no hubiesen pasado, algo obvio, claro está.
Nunca se arrepentiría, ese bendito orgullo que saca de cualquier parte, no se lo permite y está bien, pero dele otro momento de verdad, como al mes siguiente del día de las nubes, dele un poco más de esa verdad que salía a veces y ella podría seguir tranquila, después de todo, podría decir parte de las verdades que tiene, pero que no le duele si siente que no dijo todo, ya debería saber como cuesta. Dele algo que duela, para que por fin pueda botar lo mucho que no dijo, lo muhco que no dio, para que pueda llorar con ganas, como lo hace una vez al año, por alguna razón partícular.
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